Memorias de un burro
Memorias de un burro Viví en paz en esta selva un mes. A veces me aburría un poco, pero prefería vivir solo a vivir desgraciado.
Era, pues, feliz a medias, cuando advertí que la hierba diminuía; las hojas caían, el agua se helaba, la tierra se ponía húmeda.
“¡Ay! –pensé-. ¿Qué hacer? Si me quedo aquí, perecerá de frío y de hambre.
Pero ¿adónde ir?”
A fuerza de pensar, di con un medio de hallar abrigo. Salí de la selva y entré en un pueblecito próximo. Vi una casita aislada; una buena mujer hilaba, sentada ante la puerta. Me agradó su aire de bondad y de tristeza. Me acerqué a ella y apoyé mi cabeza sobre su hombro.
La buena mujer, asustada, dio un grito y se levantó de la silla. Yo, sin moverme, la miré con aire dulce y suplicante.
-¡Pobre animal! –dijo-; no tienes aire de malo. Si no tienes amo, yo estaré muy contenta de que reemplaces a mi pobre Grisón, que se ha muerto de viejo, y así podré seguir ganando mi vida vendiendo verduras en el mercado. Pero… sin duda tienes amo-añadió suspirando.
-¿Con quién habla, abuela?- dijo una dulce voz desde dentro de la casa.
-Con un borriquito que me mira con un aire tan cariñoso, que no tengo alma para echarlo.