Memorias de un burro

Memorias de un burro

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PEDRO.- Ayudemos a vestirlo, que se ha quedado sin fuerza.

ENRIQUE.- Mira que no se te pose algún moscardón encima; sería un nuevo peligro.

Augusto quiso escaparse, pero todos corrieron tras él. Fue una caza muy divertida para todos, menos para Augusto, que estaba rojo de ira y de despecho. Yo formé parte, galopando detrás y delante de él, redoblando su terror con mis rebuznos y mis tentativas para agarrarlo por los fondillos de su pantalón; por fin lo atrapé, pero tiró tan fuerte que el pedazo se me quedó entre los dientes, lo cual redobló las risas de los niños.

Conseguí, por fin, agarrarlo más sólidamente; dio tal grito que me hizo pensar que yo tenía bajo mi diente algo más que la tela del pantalón. Se paró en seco. Pedro y Enrique acudieron los primeros; yo tiré ligeramente, lo que le hizo dar otro chillido y no moverse más, hasta que entre Pedro y Enrique le pusieron su chaqueta. Lo solté en seguida, en cuanto ya no se necesitó mi ayuda., y me alejé con la alegría en el corazón, por haber conseguido ponerlo en ridículo. Nunca supo cómo se había encontrado aquella rana en su bolsillo, y desde ese feliz día ya no se atrevió a hablar más de su valor… delante de los niños.


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