Memorias de un burro
Memorias de un burro Santiago no contestó, porque, en efecto, no podÃa contestar nada; pero movió la cabeza y, volviéndose hacia mÃ, me hizo una caricia que me emocionó hasta hacerme llorar. El abandono de todos los demás me hacÃa más patentes aún estas pruebas de cariño de mi pequeño Santiago, y, por primera vez, sentà un sincero arrepentimiento en mi corazón.
Pensé con inquietud en la dolencia del desdichado Augusto. Por la tarde supe que se habÃa empeorado. Mis amitos fueron a verle; sus primas aguardaban con impaciencia.
- ¿Cómo está? ¿Qué noticias? –les gritaron desde lejos, en cuanto los divisaron.
PEDRO.- Un poco mejor.
ENRIQUE.- Su pobre padre da lástima; llora y solloza y pide a Dios que le deje a su hijo…
ISABEL.- Vamos a rezar todos por él nuestras oraciones de la tarde. ¿Queréis?
-¡SÃ, sÃ! –dijeron todos los niños al mismo tiempo.
MAGDALENA.- ¡Pobre Augusto! Si se llegara a morir…
ISABEL.- ¿Y dónde está su madre, que no se la ve nunca?
PEDRO.- SerÃa asombroso que la viésemos, pues se murió hace diez años.
ENRIQUE.- Y lo que es singular, es que la pobre señora murió por haber caÃdo al agua desde una barca.