Memorias de un burro
Memorias de un burro ISABEL.- ¿Cómo? ¿Murió ahogada?
PEDRO.- No, porque la sacaron en seguida, pero hacía calor y se impresionó tanto entre el frío del agua y el susto, que le dio fiebre y delirio, lo mismo que a Augusto, y murió ocho días después.
CAMILA.- ¡Dios mío, Dios mío! ¡Con tal que no le suceda lo mismo a Augusto!
ISABEL. Por eso tenemos que rezar mucho; quizá Dios nos concederá lo que le pedimos.
MAGDALENA.- ¿Dónde está Santiago?
CAMILA.- Estaba aquí hace un momento. Se habrá ido a casa.
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No había ido a casa, sino que, apartado de todos, de rodillas y con la cara entre las manos, rezaba y lloraba.
¡Y era yo quien tenía la culpa de la enfermedad de Augusto, de la inquietud de su padre y del pesar de mi buen Santiaguito!...
Esta idea me apenó y me dije que no debía haber vengado a Medor.
“¿Qué bien le he hecho con esto? –me pregunté-. ¿Está menos perdido para mí?
La venganza, ¿de qué me ha servido más que para hacerme temer y aborrecer?”