Memorias de un burro
Memorias de un burro Al día siguiente, Santiago y Luis fueron a esperar al médico, que salía de ver a Augusto.
- ¿Cómo está? ¿Cómo está, señor Dulzón? –le preguntaron los dos.
DOCTOR DULZÓN.- (Muy lentamente.) No muy mal, niños. No tan mal como yo temía.
SANTIAGO.- Entonces, señor Dulzón, ¿no cree usted que pueda morirse?
DOCTOR DULZÓN.- (Lo mismo.) ¡No, no, no! No está grave.
SANTIAGO Y LUIS.- ¡Oh, qué alegría! Gracias, señor Dulzón. Adiós. Nos vamos en seguida para tranquilizar a nuestros primitos.
DOCTOR DULZÓN.- Esperad un poco. Ese burro, ¿no es Cadichón?
SANTIAGO.- Sí, es Cadichón.
DOCTOR DULZÓN.- (Con calma.) Pues tened cuidado, no os vaya a tirar a un foso, como lo ha hecho con Augusto. Decid a vuestra abuelita que haría bien en venderlo, porque es un animal peligroso.
El doctor Dulzón saludó y se fue. Yo me quedé tan confuso y humillado, que no pensé en echar a andar hasta que mis amitos me lo repitieron tres veces:
- ¡Vamos, Cadichón, anda!... ¡Arre, Cadichón, que tenemos prisa!... ¿No nos oyes? ¡Arre, arre, arre!