Memorias de un burro

Memorias de un burro

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Arranqué, al fin, y de una carrera los llevé al castillo, donde esperaban a la entrada primos, primas, tíos y tías, papás y mamás.

- ¡Esté mejor! –exclamaron Santiago y Luis, y contaron la conversación con el doctor, sin olvidar su consejo.

Yo aguardaba impaciente la respuesta de la señora, que reflexionó unos instantes.

- Es cierto, hijitos, que Cadichón ya no se merece nuestra confianza; os recomiendo a los más pequeños que no montéis en él; a la primera tontería que haga se lo daré al molinero, que le hará llevar sacos de harina, pero quiero esperar aún a ver si se corrige. Veremos de aquí a dentro de algunos meses.

Yo estaba cada vez más triste, humillado y arrepentido; pero sólo podía reparar el mal que había hecho a fuerza de paciencia, de dulzura y de tiempo.

Augusto fue mejorando; pocos días después estuvo ya bien y no se ocuparon más de él en el castillo.

Pero a mí no se me olvidaba, porque, a cada paso, oía decir en trono mío:


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