Memorias de un burro
Memorias de un burro Desde aquel día en que arrojé a Augusto al foso, el cambio de todos los de la casa para mí era visible. Hasta los animales no me trataban como antes; cuando yo llegaba, se alejaban, evitando mi presencia. Ya he dicho, a propósito de mi amigo Medor, que nosotros, los animales nos comprendemos, sin hablar como los hombres; que los movimientos de los ojos, de las orejas y de la cola reemplazan en nosotros a las palabras.
Demasiado sabía yo lo que había motivado tal cambio y me irritaba aún más que me afligía, cuando un día, estando solo, como de costumbre, echado al pie de un abeto, vi acercarse a Enrique y a Isabel, que se sentaron y siguieron hablando.
ISABEL.- Tienes razón, Enrique, y me paso lo que a ti. Ya no quiero a Cadichón, desde que fue tan malo para Augusto.
ENRIQUE.- Y no sólo eso. ¿Te acuerdas cuando en la feria fue tan malísimo para el amo del burro sabio?
ISABEL.- ¡Ja, ja, ja! Sí, me acuerdo bien. Todo el mundo se reía, pero no demostró buen corazón.
ENRIQUE.- ¡Qué va! Humilló al pobre burro y a su amo, que se fue sin haber ganado nada. Al marcharse, su mujer y sus hijos lloraban; no tenían para comer.