Memorias de un burro
Memorias de un burro Pasaportado se dio cuenta de la tontería que había cometido, reconociendo que su camarada se llamaba Finote. Este era un mote que le habían puesto en presidio. En cuanto a Pasaportado, su verdadero apellido era Portodo, pero un día que se daba prisa para pasar al refectorio, Finote le dijo: “Pasa, Portodo.” Y ya se le quedó de mote.
No había medio de negar, y se calló, alzando los hombros.
El brigadier salió dejándole en un estado de rabia y de susto fácil de concebir.
- ¿Cree usted, doctor, que estos hombres pueden ir a pie hasta la ciudad? –
preguntó el brigadier al doctor Dulzón.
- Creo que sí, no haciéndolos ir de prisa –contestó el doctor con lentitud-. Pero tienen la cabeza tan lastimada, que bien pudiera ser que se muriesen dentro de pocos días.
El brigadier estaba apurado; era bueno, y no quería hacer sufrir sin necesidad.
El papá de Pedro y de Enrique, viendo sus dudas, le ofreció una carreta. El brigadier aceptó y dio las gracias.
Cuando la carreta estuvo enganchada, hicieron acomodar en ella a Finote y a Pasaportado; cada uno iba entre dos gendarmes.