Memorias de un burro

Memorias de un burro

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El brigadier, a caballo, iba al lado del carro, y no perdía de vista a sus presos. No tardaron en desaparecer, y yo me quedé solo ante la casa, pastando la hierba y esperando con impaciencia el paseo de mis amitos; sobre todo deseaba ver a Santiaguito; el servicio que acaba de prestar debía haberme hecho perdonar mi maldad pasada.

Cuando llegó enteramente el día, y cuando todos estuvieron levantados, vestidos y desayunados, un grupo se precipitó sobre la escalinata. Eran los niños.

Todos corrieron hacia mí y me acariciaron a porfía.

Pero, entre todas las caricias, las de Santiaguito fueron las más cariñosas.

SANTIAGO.- ¡Mi buen Cadichón, ya has vuelto! Yo tenía tanta pena de que te hubieses ido… Ya ves que te queremos siempre.

CAMILA.- Es verdad que se ha vuelto muy bueno.

MAGDALENA.- Y que ya no tiene aquel aire insolente que se le había puesto desde hace algún tiempo.

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ISABEL.- Y ya no muerde a su camarada ni a los perros guardianes.

SANTIAGO.- Y que ha salvado las frutas del huerto haciendo atrapar a los ladrones.

ISABEL.- ¿Cómo ha podido hacer eso?


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