Memorias de un burro

Memorias de un burro

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ISABEL.- Porque sabían que mi papá y mis tíos son muy valientes y que tienen pistolas y fusiles, y que todos los hubiéramos ayudado.

ENRIQUE.- Sí que tú serías de una famosa ayuda si viniesen a acometernos.

ISABEL.- Yo sería tan valiente como el que más, y sabría muy bien agarrar a los bandidos por las piernas para impedirles que mataran a papá.

CAMILA.- ¡Ea!, no discutáis y dejad a Pedro que cuente lo que sabe.

- El señorito Augusto los busca –dijo el jardinero, que llegaba con una provisión de legumbres para la cocina.

- ¿Dónde está? –preguntaron Pedro y Enrique.

- En el jardín –contestó el jardinero-; no se atreve a entrar en el castillo por miedo de encontrar a Cadichón.

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Yo suspiré y pensé que el pobre Augusto tenía razón de temerme, desde el triste día en que por poco le ahogué en el foso, después de haberle hecho arañarse con las espinas y haber hecho caer brutalmente de su poney, al que previamente yo había mordido.


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