Memorias de un burro
Memorias de un burro SANTIAGO.- Y yo necesito azúcar molida.
ENRIQUETE.- Yo tengo sed…
JUANA.- Come cerezas, que refrescan.
SANTIAGO.- Y yo también quiero comer, que también tengo sed.
LUIS.- Lo mismo digo, y entre tanto descanso, que es muy pesado eso de hacer tostadas.
Y he aquí los cuatro pequeños que rodean el cesto de las cerezas.
Y tanto se refrescaron con ellas, que dieron fin del cesto. Entonces se miraron con inquietud.
JUANA.- Ya no queda nada.
ENRIQUETA.- Van a reñirnos.
LUIS.- ¡Dios mío! ¡Dios mío!... ¿Qué hacer?
SANTIAGO.- Pidamos auxilio a Cadichón.
LUIS.- ¿Qué quieres que haga Cadichón? No puede hacer que haya cerezas cuando nos las hemos comido todas.
SANTIAGO.- Es igual; mi buen Cadichón, ven a ayudarnos.; mira nuestro cesto vacío y procura llenarlo.
Y Santiago me ponía el cesto vacío debajo del morro para hacerme comprender lo que esperaba de mí. Yo lo olfateé y partí al trote; fui a la cocina, donde había visto poner otro cesto de cerezas, agarré el asa con los dientes, me lo llevé trotando y lo fui a depositar en medio de los niños reunidos.
Un grito de alegría acogió mi vuelta. Los demás se volvieron a aquel grito y preguntaron qué ocurría.