Memorias de un burro
Memorias de un burro Se encontraba envuelto en la red, que dificultaba sus movimientos y no le permitía echarse a nadar para llegar a la orilla. Cuanto más se agitaba, más se le enredaba la red en torno del cuerpo.
Yo veía cómo se hundía poco a poco. Unos momentos más y estaba perdido.
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Pedro y Enrique no podían prestarle auxilio, pues ni uno ni otro sabían nadar.
Antes que pudiesen acudir otros, Augusto tenía que perecer infaliblemente.
No tardé mucho en tomar mi partido, me arrojé resueltamente al agua, nadé hacia él y me sumergí pues estaba ya a bastante profundidad. Agarré con los dientes la red que lo envolvía; nadé hacia la orilla, subí la pendiente, muy escarpada, siempre tirando de Augusto, a riesgo de ocasionarle algunos chichones, arrastrándole entre las piedras y las raíces, y le conduje hasta la hierba, donde se quedó completamente inmóvil.
Pedro y Enrique, pálidos y trémulos corrieron hacia él, le quietaron, con no poco trabajo, la red que lo aprisionaba, y , viendo acudir a Camila y a Magdalena, les pidieron que fuesen a buscar socorro.