Memorias de un burro
Memorias de un burro Los pequeños, que habían visto desde lejos la caída de Augusto, acudieron también corriendo, y ayudaron a Pedro y a Enrique a enjugarle la cara y el pelo, impregnado de agua.
Los criados de la casa no tardaron en llegar. Se llevaron a Augusto, ya sin conocimiento, y los niños se quedaron solos conmigo.
SANTIAGO.- ¡Excelente Cadichón! ¡Tú eres quien ha salvado la vida a Augusto!... ¿Habéis visto con qué valor se ha tirado al agua?
LUIS.- Sí, sí… ¡Y cómo se ha sumergido para coger a Augusto!
ISABEL.- ¡Y con qué cuidado lo ha dejado tendido en la hierba!
SANTIAGO.- ¡Pobre Cadichón! ¡Estás todo mojado!
ENRIQUETEA.- No lo toques, Santiago, que va a mojarte la ropa; mira cómo chorrea agua por todas partes.
SANTIAGO.- (Abrazándome.) ¡Bah! ¿Qué importa eso? No estaré tan mojado como Cadichón.
LAUIS.- En vez de tantas zalamerías, mejor fuera que lo llevases a la cuadra; allí lo frotaremos con puñados de paja y le daremos avena para que entre en calor y cobre fuerzas.
SANTIAGO.- ¡Tienes razón! Ven, Cadichón, ven.
Seguí a Santiago y a Luis, que fueron camino de la cuadra, haciéndome seña de ir con ellos.