Memorias de un burro

Memorias de un burro

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Allí se pusieron los dos a friccionarme con tanta viveza, que acabé por sudar.

Durante ese tiempo, Enriqueta y Juana me peinaban la una, las crines, y la otra, la cola.

Cuando acabaron, yo estaba resplandeciente de limpio y comí con un apetito extraordinario la medida de avena que Santiago y Luis me presentaron.

JUANA.-Me parece que Cadichón tiene demasiada avena.

ENRIQUETA.- Es para recompensarle, Juanita.

JUANA.- Es que yo querría coger un poco.

ENRIQUETA.- ¿Para qué?

JUANA.- Para darles un poco a mis conejitos, que no tienen nunca y que les gusta tanto.

ENRIQUETA.- Si Santiago y Luis te ven coger de la avena de Cadichón, se enfadarán.

JUANA.- No me verán. Esperaré a que no miren.

ENRIQUETA.- Entonces serás una ladrona, porque le robarás la avena al pobre Cadichón, que no puede quejarse porque no puede hablar.

JUANA.- (Tristemente.) Es verdad. Y, sin embargo, mis pobres conejitos estarían tan contentos de tener un poco de avena…

Y Juanita se sentó cerca de mi pesebre, viéndome comer.

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