Memorias de un burro

Memorias de un burro

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ENRIQUETA.- ¿Por qué te quedas ahí, Juanita? Ven conmigo a saber noticias de Augusto.

JAUNA.- No. Espero a que Cadichón acabe de comer, porque si se deja algo de avena, podré cogerla, sin robar, para llevársela a los conejos.

Enriqueta insistió, pero Juana rehusó y se quedó conmigo. Enriqueta se fue con sus primas y sus primos.

Yo comía lentamente; quería ver si Juana, una vez sola, sucumbiría a la tentación de obsequiar a sus conejos a expensas mías. La niña miraba de cuando en cuando mi pesebre.

- ¡Cuánto come! –decía-. No acaba nunca… No debe de tener ya hambre, y está ahí come que te come… La avena disminuye; con tal que no se la zampe toda… Con que dejase un poco, yo estaría tan contenta…

Yo me hubiera comido todo lo que tenía delante, pero la pobre pequeña me dio lástima; no tocaba nada, a pesar de su deseo. Hice, pues, como que ya tenía suficiente, y abandoné el pesebre, dejando la mitad de la avena; Juana dio un grito de alegría y, empinándose, cogió la avena a puñados, que echó en su delantal de seda negra.

- ¡Qué bueno eres, Cadichón guapo! No he visto en mi vida un burro mejor que tú… ¡No eres nada glotonazo!... Y todo el mundo te quiere por lo bonísimo que eres…


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