Memorias de un burro

Memorias de un burro

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¡Qué contentos van a estar los conejitos! Ya les diré que eres tú el que les regala la avena.

Y Juana, que había acabado de echarla toda en su delantal, salió corriendo.

La vi llegar a la casita de los conejos y contarles lo bueno que era yo, que no era comilón y que ellos debían hacer como yo, y dejar, a su vez, un poquito de avena para los pajaritos.

- Ya volveré –les dijo-, y veré si habéis sido tan buenos como Cadichón…

Cerró en seguida la puerta y corrió a reunirse con Enriqueta.

Yo la seguí para saber cómo le iba a Augusto, y, al acercarme al castillo, vi con alegría que estaba ya sentado en el césped con sus amigos.

Al verme, se levantó, vino hacia mí, y dijo, acariciándome:

- He aquí mi salvador; sin él, estaba muerto; he perdido el sentido en el momento en que Cadichón, cogiendo la red, empezaba a sacarme, pero vi muy bien cómo se lanzó al agua para salvarme. No lo olvidaré nunca y no pasaré ninguna vez por aquí sin saludar a Cadichón.


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