Memorias de un burro
Memorias de un burro LA ABUELITA.- Eso está bien, Augusto. Cuando se tiene corazón, se tiene gratitud hacia un animal como hacia un hombre. Yo me acordaré siempre de los buenos servicios de Cadichón, y suceda lo que suceda, estoy decidida a no desprenderme nunca de él.
CAMILA.- Pero, Abuelita, hace algunos meses, lo querías mandar al molino. Y
allí hubiera sido muy desgraciado.
LA ABUELITA.- Es cierto que tuve ese pensamiento, después de la jugarreta que le hizo a Augusto y a causa de una porción de picardías de que se quejaban todos en la casa. Pero estaba resuelta a conservarlo en recompensa de sus antiguos servicios.
Ahora, no sólo se quedará con nosotros, sino que cuidaré de que sea muy dichoso.
SANTIAGO.- (Saltando al cuello de su abuelita.) ¡Oh, gracias, abuelita, gracias!
Seré yo quien cuide a mi querido Cadichón; yo le querré y él me querrá más que a nadie.
LA ABUELITA.- ¿Por qué quieres que te prefiera? Eso no es justo…
SANTIAGO.- Sí, abuelita, es justo, porque yo le quiero más que mis primos y mis primas, porque cuando fue malo, yo todavía le quería un poco… y hasta un mucho.
(Añadió riendo.) ¿No es verdad, Cadichón?
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