Memorias de un burro

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Yo fui y puse la cabeza sobre su hombro. Todo el mundo se echó a reír y Santiago continuó:

- ¿Verdad, primitos, que consentís en que Cadichón me quiere más a mi?

-Sí, si –contestaron todos con mucha risa.

SANTIAGO.- Y ya ves, abuelita, que, además fui yo quien traje a Cadichón, de modo que es justo que me quiera más que a nadie.

LA ABUELITA.- (Sonriendo.) Me parece de perlas, querido mío; pero cuando no estés aquí, ya no podrás cuidarlo.

SANTIAGO.- (Con viveza). Pues yo estaré siempre aquí, abuelita.

LA ABUELITA.- No, hijo mío, no estarás siempre, puesto que tu papá y tu mamá te llevarán cuando se vayan.

Santiago se quedó triste y pensativo; permanecía con el brazo apoyado en mi lomo y la cabeza apoyada en su mano.

De pronto su cara se iluminó y dijo:

- Abuelita, ¿quieres darme a Cadichón?

LA ABUELITA.- Te daré todo lo que tú quieras, querido niño, pero no podrás llevártelo a París.

SANTIAGO.- No, es verdad; pero será mío y cuando papá tenga un castillo, llevaremos allí a Cadichón.


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