Memorias de un burro

Memorias de un burro

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Los niños gritaban y corrían por todas partes. Por fin, Carolina ve una larga rama, la recoge y se la tiende a Carlos, que la agarra. Su peso arrastra a Carolina, que pide socorro.

Ernesto, Antonio y Alberto corren y con mil trabajos logran sacar al desdichado Carlos, que había bebido más de lo que tenía sed y que estaba hecho una sopa.

Cuando lo ven en salvo, los chicos empiezan a reírse de su lamentable traza.

Carlos se enoja; los niños montan en sus burros y le aconsejan, riéndose, que entre en casa para mudarse de ropas.

Sube todo mojado en su burro. Yo me reía de su ridícula facha. La corriente se había llevado su sobrero y sus zapatos, el agua le corría hasta el suelo, y su aire furioso acababa de ponerle risible.

Debo añadir que el burro de Carlos era aborrecido de todos nosotros, porque era reñidor, glotón y muy bestia, lo que es raro entre los borriquitos.

Por fin, Carlos desapareció y los niños se calmaron. Me acariciaron y admiraron mi talento; después regresamos todos, yo a la cabeza de la banda.


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