Memorias de un burro
Memorias de un burro Ibamos al paso y nos acercábamos al cementerio del pueblo, que está a una legua del castillo.
-Si tomásemos otro camino… -dijo Carolina.
CECILIA.- Por qué?
CAROLINA. –No me gustan los cementerios.
CECILIA.- (Con aire burlón.) ¿Crees que te vas a quedar allà dentro?
CAROLINA.-No, pero pienso en los pobre muertos y me da pena.
Los niños se burlaron de Carolina y pasaron adrede junto a los muro.
De pronto, Carolina detiene su burro y corre a la verja, la traspasa vivamente, entra en el cementerio, mira en torno suyo y corre hacia una tumba recién removida.
Ernesto la habÃa seguido con inquietud y la alcanzó en el momento en que Carolina levantaba a un niño como de tres años, a quien habÃa oÃdo llorar.
CAROLINA.- ¿Qué tienes, pequeño, y por qué lloras?
El niño sollozaba sin poder contestar; era muy bonito e iba muy mÃsero.
CAROLINA.- ¿Cómo es que estás solito aqu�
EL NIÑO.- (sollozando.) Me han dejado. Tengo hambre.
CAROLINA.- ¿Y quién te ha dejado aqu�
EL NIÑO.- Los hombres negros… Hambre.