Memorias de un burro

Memorias de un burro

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Mi amita me quería mucho; cuando el mal tiempo no nos dejaba salir, venía a la cuadra a traerme pan, hojas de lechuga, zanahorias; me hablaba, aun creyendo que yo no la entendía; me contaba sus penas y a veces lloraba.

-¡Oh mi pobre Cadichón! –decía-. Eres un burro y no puedes comprenderme, pero eres mi único amigo. Mamá me quiere, pero es tan celosa que no consiente que yo quiera a nadie, y me aburro tanto…

Y Paulina lloraba y me acariciaba.

Un día llegó corriendo hacia mí muy alegre.

-Cadichón –me dijo-, mamá me ha dado un medallón con sus cabellos; quiero añadir los tuyos, porque también tú eres mi amigo.

En efecto, Paulina cortó un poco de mi crin, abrió el medallón y los mezcló con los de su mamá.

Yo estaba la mar de orgulloso de ver mis pelos en un medallón, pero debo confesar que no era de lindo efecto; grises y rudos, se mezclaban feamente con los de mamá. Paulina no se daba cuenta, y estaba admirando su medallón, cuando la mamá entró y dijo:

-¿Qué miras ahí?

PAULINA.- (Escondiéndolo a medias.) Mi medallón, mamá.

LA MAMÁ.- ¿Y para qué lo has traído aquí?

PAULINA.- Para enseñárselo a Cadichón.

LA MAMÁ.- ¡Qué patochada! ¿Qué va a entender él?


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