Memorias de un burro
Memorias de un burro Fui comprado por un señor y una señora que tenían una hija de doce años siempre enferma y que se aburría.
Vivía en el campo, muy solita, porque no tenía amigas de su edad. Su padre son se ocupaba de ella; su mamá sí la quería, pero no podía sufrir ver que ella quisiese a nadie, ni siquiera a los animales. Sin embargo como el médico le había ordenado distracción, pensó que algunas excursiones en burro la divertirían.
Mi amita se llamaba Paulina; era muy buena y muy linda. Todos los días la llevaba a pasear por los bonitos senderos de los bosquecillos que yo conocía.
Al principio nos acompañaba un criado, pero cuando vieron que yo era manso y cuidadoso de mi amita, la dejaron ir sola. Me llamaba Cadichón, nombre que me ha quedado.
-Con un burro como éste- le decía su padre –no hay peligro; es inteligente como una persona y siempre sabrá traerte a casa.
Salíamos, pues, juntos. Cuando se cansaba del paseo, yo me acercaba a un alto del terreno para que pudiera apearse. La conducía cerca de los avellanos cargados de frutos y me paraba con el fin de que los cogiese a su gusto.