Memorias de un burro
Memorias de un burro Yo entraba y salía por todas partes. El granjero juraba, renegaba y me pegaba; se volvió malo para mí y yo cada vez peor para él. Me sentía desgraciado por culpa mía; comparaba mi miserable vida con la que llevaba otras veces con estos mismos amos; pero, en vez de corregirme, me volvía cada vez más terco y malicioso.
Un día, en el huerto, me comí todas las lechugas; otro tiré por el suelo a su hijo pequeño, que me había acusado; otra vez me pimplé un cubo lleno de leche, que tenían para hacer mantequilla. Aplastaba sus pollitos y sus pavipollo, mordía a sus cochinos; en fin, tan malo me volví, que la dueña pidió a su marido que me vendiese en la feria, que iba a celebrarse a los quince días.
Me había puesto tan flacucho a fuerza de palos y de mala alimentación, que, para venderme mejor, prohibieron a los criados que me pegasen, no me hicieron trabajar y me dieron bien de comer; fui muy feliz durante esos quince días.
Mi amo me llevó a la feria y me vendió en cien francos. Al dejarle, de buena gana le hubiera arreado un buen mordisco, pero temí dar mala opinión de mí a mis nuevos dueños, y me contenté con volverle el rabo con un gesto de desprecio.