Memorias de un burro
Memorias de un burro Me escondí, pues, por tercera vez. Mas apenas me había ocultado en mi barranco, cuando oí el fuerte ladrido de un perro de presa y la voz de mi amo que decía:
-¡Búscale, Alerta! Baja al barranco y muérdele… ¡Anda, Alerta!
Alerta, en efecto se lanzó a mi agujero y me mordía las patas y la tripa; me habría devorado si no me decido a saltar fuera del barranco; iba a huir sobre la empalizada, cuando el granjero, que me esperaba, me echó un lazo corredizo y me detuvo en seco. Se había armado de látigo y me lo hizo sentir rudamente; el perro me mordía mientras mi amo me pegaba; yo me arrepentía amargamente de mi pereza.
Por fin, el granjero echó a Alerta, dejó de pegarme y me llevó, hecho una lástima, a engancharme al carrito.
Supe después que uno de los chicos del amo se había quedado espiándome en el prado; me vió salir del escondite y se lo dijo a su padre. ¡El traidorzuelo!
Desde entonces fueron más severos para mí; quisieron encerrarme, pero yo hallé medio de abrir todas las barreras con los dientes; si era un pestillo, lo levantaba; si era un botón, lo giraba; si era un cerrojo, descorría.