Memorias de un burro

Memorias de un burro

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El mercado

Como las personas no tienen obligación de saber todo lo que saben los burros, ignoráis, sin duda, los que leéis este libro, lo que es conocido de todos mis amigos los burros: que todos los martes hay en la villa de Laigle un mercado donde se venden hortalizas, mantequilla, huevos, quesos, frutas y otras excelentes cosas.

Ese martes es un día de suplicio para mis pobres colegas; lo era también para mí antes que me hubiese comprado mi buena anciana dueña, vuestra abuela, con la cual vivo ahora. Yo pertenecía a una granjera exigente y mala. Figuraos, mi querido señorito, que llevaba la malicia hasta recoger todos los huevos que le ponían sus gallinas, toda la mantequilla y todos lo quesos que le daban la leche de sus vacas, todas las legumbres y todas las frutas que maduraban en la semana, para llenar las cestas que cargaba sobre mi lomo.

Y cuando estaba tan cargado que ya no podía más, la mala mujer se sentaba encima de los cestos, y me obligaba a trotar así, abrumado, aplastado, hasta el mercado de Laigle, que distaba una legua de la granja.

Yo tenía una rabia que no osaba dejar traslucir, por miedo a la vara, con que me pegaban de firme. Cada vez que yo veía los preparativos de marcha, me ponía a suspirar, a gemir y a rebuznar, con la esperanza de enternecer a mis amos.


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