Memorias de un burro
Memorias de un burro -Nada…- dijo en voz baja, mirando en torno suyo-. Nadie… Podéis venir camaradas. Que cada cual coja uno de esos burros y se lo lleve a escape.
Se ladeó para dar paso a una docena de hombres, que se deslizaron a lo largo del lindero del bosque, muy espeso por allí; los asnos, que buscaban la sombra, pacían la hierba. A una señal convenida, cada uno de los ladrones cogió un burro por la rienda y se lo llevó dentro del bosque. Estos burros, en vez de resistir y de rebuznar para dar la alarma, se dejaron atrapar como unos imbéciles; un cordero no habría sido más tonto.
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Cinco minutos después, los ladrones llegaban al escondite cerca del arco.
Hicieron entrar a mis camaradas uno por uno entre los matorrales, donde desaparecieron.
Yo oí el rumor de sus pasos, internándose en el subterráneo, y luego todo quedó en silencio.
“He aquí la explicación de los ruidos que asustan a los campesinos –pensé-: una banda de ladrones se esconce en los sótanos del convento. Hay que cogerlos; pero
¿cómo?”