Memorias de un burro
Memorias de un burro SANTIAGO.- Los he visto correr para ganar el premio en la fiesta del pueblo, y Cadichón los pasó a todos.
Luis prometió a su primo que no iría demasiado de prisa y los dos partieron al trote.
Mi camarada no era malo, de suerte que me fue fácil ir a la par. Los otros nos seguían bien o mal, y así llegamos a un bosque, donde los niños iban a visitar las ruinas de un antiguo convento y capilla. Tenían mala fama en el país; se decía que, de noche, se oían ruidos extraños, gemidos, lamentos, arrastrar de cadenas; algunos viajeros se burlaban de esto, pero habían ido a las ruinas y no habían vuelto.
Cuando todos se apearon y nos dejaron pacer libremente, los papás y las mamás cogieron a los niños de la mano y yo vi con inquietud cómo se alejaban y desaparecían entre las ruinas.
Yo también me aparté de mis compañeros y me refugié a la sombra de un arco medio derruido, que estaba próximo al bosque y un poco más lejos que el convento.
En éstas oí ruido allí cerca y me escondí tras el espesor de un muro, desde donde yo podía ver sin ser visto. El ruido parecía proceder de debajo de tierra.
No tardé en ver aparecer una cabeza de hombre, que salía con precaución de entre los matorrales.