Memorias de un burro

Memorias de un burro

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Los subterráneos

La comida no fue larga, pues los gendarmes estaban impacientes por hacer su inspección antes que anocheciese. Pidieron a la abuela el premiso para llevarme.

-Nos será muy útil, señora –dijo el oficial-. Este Cadichón no es un burro ordinario y ha hecho cosas más difíciles de las que vamos a pedirle ahora.

-Llévenlo, señores –dijo la abuelita-, pero no le cansen mucho, se lo ruego. El pobre animal ha vuelto con cuatro de mis nietos encima.

Esté tranquila, señora; lo trataremos con el mayor cuidado.

Yo tenía ya mi pienso en el cuerpo; avena, una brazada de lechugas, zanahorias y otras legumbres; bien comido y bien bebido, estaba pronto al trote. Me coloqué a la cabeza de la tropa, para servir de guía a los gendarmes. Algunos creen que los gendarmes son severos y duros, y es todo lo contrario; no hay personas más caritativas, más pacientes, y más generosas que ellos.


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