Memorias de un burro
Memorias de un burro Comenzaba a bajar la luz cuando llegamos al convento. Yo les llevé sin vacilar hasta el arco, cerca de los matorrales por donde había visto salir a los ladrones. Vi con inquietud que se quedaban cerca de la entrada. Para alejarlos, di algunos pasos detrás del muro y me siguieron. Cuando estuvieron todos, volví a las malezas, impidiéndoles adelantar cuando querían seguirme. Me comprendieron y se quedaron escondidos detrás del muro.
Me acerqué entonces a la entrada de los subterráneos y me puse a rebuznar con todas mis fuerzas.
No tardé en obtener lo que yo quería. Todos mis camaradas, encerrados en las cuevas, me respondieron a más y mejor. Di un paso hacia los gendarmes, que adivinaron mi maniobra y volví a colocarme a la entrada de los sótanos. Y vuelta a rebuznar, pero esta vez no me contestaron; adiviné que los ladrones, para impedir a mis camaradas el traicionarlos, les habían atado piedras a la cola.
Todo el mundo sabe que, para rebuznar, levantamos la cola; no pudiendo alzarla, por el peso de las piedras, mis camaradas se callaban.
Cuando veo surgir una cabeza de hombre de los matorrales y mirar con cautela; no viendo más que a mí, dijo:
-Este es el bribón que no pudimos coger esta mañana. Vas a reunirte a tus camaradas, rebuznador.