Memorias de un burro

Memorias de un burro

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Una de las cuevas les servía de cuadra; allí vi a todos mis camaradas, cada cual con una piedra en la cola, que se les quitó inmediatamente, y todos se pusieron a rebuznar al unísono. En el subterráneo, era un ruido como para volverse loco.

-¡A callar, burros! –dijo un gendarme.

“A este hombre –dije entre mí- no le gusta la música. ¿Qué tiene que decir de la voz de mis camaradas? ¡Estos pobres camaradas que cantan su liberación!”

Seguimos explorando. Uno de los sótanos estaba lleno de cosas robadas. En otros tenían encerrados a sus prisioneros, a quienes obligaban a hacer la cocina y a confeccionar los vestidos y el calzado. Había desgraciados que estaban allí hacía dos años y llevaban cadenas sujetas a un aro de hierro empotrado en el muro.

Supe más tarde que aquellos desgraciados eran los viajeros y visitantes de las minas que habían desaparecido hacía dos años. Había catorce y contaron que los ladrones habían asesinado a tres: a dos, porque estaban enfermos, y a uno, que se negó resueltamente a trabajar.

Los gendarmes libertaron a todos estos pobrecillos, llevaron los burros al castillo, condujeron los heridos al hospicio y metieron a los ladrones en la cárcel.

Fueron juzgados y condenados: el capitán, a muerte, y los otros, a presidio.


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