Memorias de un burro

Memorias de un burro

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Pronto vimos a los seis ladrones restantes y a su capitán salir con precipitación de la entrada disimulada por las malezas; sólo tres gendarmes estaban apostados allí y dispararon sus carabinas antes que los ladrones pudiesen hacer uso de sus armas. Dos ladrones cayeron y el tercero dejó caer su pistola: tenía un brazo roto. Pero los tres últimos y su capitán se lanzaron con furor contra los gendarmes, que, sable en mano, se defendían como leones.

La llegada del refuerzo puso fin al combate. En un abrir y cerrar de ojos, el capitán fue rodeado, desarmado, atado y tendido cerca de los demás ladrones apresados.

Durante la lucha el fuego se había apagado; sólo habían ardido los matorrales y leña menuda. El refuerzo de seis nuevos gendarmes había traído una carreta para llevar los presos. Se los ató tumbados en ese vehículo; el oficial, que era muy humano, dio orden de quitarles las mordazas, de suerte que decían a los gendarmes mil insultos. Los gendarmes ni hacían caso. Dos de ellos se subieron a la carreta para dar escolta a los presos; se hicieron angarillas para llevar a los heridos.

Durante estos preparativos, yo acompañé al oficial en su bajada a los subterráneos donde los bandidos habían establecido su residencia.


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