Memorias de un burro
Memorias de un burro Al día siguiente iba a tener lugar, como ya he dicho, la excursión de caza.
Pedro y Enrique estuvieron listos antes que nadie; era la primera vez; llevaban sus fusiles en bandolera, sus morrales colgados del hombro; les brillaban los ojos de contento; habían adoptado un aire orgulloso y batallador, que parecía decir que toda la caza del país iba a caer bajo sus disparos.
Yo les seguía de lejos y vi los preparativos de caza.
-Pedro –dijo Enrique con aire resuelto-, cuando nuestros morrales estén llenos,
¿dónde meteremos la caza matada?
-Estaba pensando en eso mismo –contestó Pedro-; le pediré a papá que nos dejé llevar a Cadichón.
Esta idea no me gustó; sabía que los cazadores noveles tiran a diestro y siniestro, sin fijarse en lo que tienen delante. Queriendo tirar a una perdiz, me podían arrear un tiro, y esperé con inquietud en lo que iba a parar la proposición.
-Papá –dijo Pedro a su padre, que llegaba-; ¿podemos llevar a Cadichón?
EL PAPÁ.- ¿Para qué? ¿Quieres cazar a burro y tirar a las perdices a la carrera?
Habría que ponerle alas a Cadichón.
ENRIQUE.- (Contrariado.) No, papá; es para ayudarnos a llevar la caza.