Cuestiones naturales
Cuestiones naturales Transformar en mercancÃa el agua que se tenÃa de balde. Laméntase que no pueda comprarse el aire y el sol, que este ambiente que se respira llegue hasta los voluptuosos y los ricos naturalmente y sin costar nada. ¡Oh qué desgracia que la naturaleza haya dejado algo común! Lo que pone al alcance de todos para que todos puedan aspirar vida, lo que prodiga con tanta liberalidad asà al hombre como a las fieras, a las aves como a los animales menos astutos, la ingeniosa molicie lo reduce a precio. ¡Tan cierto es que nada le agrada si no es caro! En un solo punto descendÃan los ricos al nivel vulgar y el más pobre no era inferior al más opulento. Pero aquellos a quienes molesta su riqueza imaginaron hacer del agua objeto de lujo. Diré cómo hemos llegado a no encontrar ningún agua fluida bastante fresca. Mientras el estómago se encuentra sano y se acomoda a cosas saludables, mientras se le satisface sin sobrecargarle, bástanle las bebidas naturales. Pero cuando diarias indigestiones le alteran, no por el calor de la estación, sino por un fuego interior; cuando embriaguez continua se ha apoderado de las vÃsceras, se ha convertido en bilis que devora las entrañas, es necesario buscar algo para apagar el ardor que el agua aumenta aún y que excitan los remedios mismos. He aquà por qué se bebe la nieve no solamente en estÃo, sino que también en lo más recio del invierno. ¿Cuál serÃa la razón de este extraño gusto sino un mal interior, órganos alterados por excesivos placeres, y que sin haber tenido jamás un solo momento de descanso, están fatigados por comidas seguidas de cenas que se prolongan hasta el dÃa; órganos dilatados ya por el número y variedad de manjares, y que nuevas orgÃas acaban de arruinar? Esta continua intemperancia hace que muy pronto rechace el estómago lo que antes digerÃa con facilidad, y se encienda más y más su sed de refrescos, cada dÃa más enérgica. En vano se rodean las salas de tapices y piedras refractarias; en vano se triunfa del invierno a fuerza de fuego: el estómago empobrecido, y al que su propio ardor consume, no deja de buscar algo que lo alivie. Asà como se arroja agua fresca sobre el hombre desvanecido y privado de sentimiento para hacerle recobrar la vida, asà las entrañas, embotadas por largos excesos, quedan insensibles a todo si un frÃo penetrante no las impresiona y abrasa. De aquà resulta, lo repito, que no les baste la nieve y pidan hielo como más consistente y por lo mismo más conservador del frÃo. Disuélvenlo en el agua, que beben con frecuencia, y no se toma de la parte superior de las heleras, sino que, para que el frÃo sea más intenso y persistente, se extrae del fondo. Asà es que no tiene todo igual precio; el agua no solamente tiene vendedores, sino que ¡oh vergüenza! tiene también diferentes tasas. Los Lacedemonios expulsaron de su ciudad a los perfumistas y les intimaron que se apresurasen a pasar la frontera porque desperdiciaban el aceite. ¿Qué habrÃan dicho al ver almacenes de nieve y tantas bestias de carga ocupadas en trasportar esta agua, cuyo color y sabor se alteran en la paja que la conserva? Y sin embargo, ¡cuán fácil es satisfacer la sed natural! ¿Pero qué puede impresionar a un paladar cansado, endurecido por manjares que lo queman? Por la misma razón que no encuentra nada bastante fresco, nada es bastante caliente para él. Setas abrasando, mojadas ligeramente en la salsa, son devoradas humeantes aún para apagarlas en el acto con bebidas cargadas de nieve. Verás hombres débiles, envueltos en el manto, pálidos y enfermos, no solamente beber, sino comer nieve y hacerla caer a pedazos en la copa, por temor de que se entibie entre dos libaciones. ¿Crees que esto es sed? No, es una fiebre tanto más violenta cuanto que no la revelan ni el pulso ni el calor de la piel. Es el corazón mismo consumido por la molicie, mal incurable, que a fuerza de delicadeza y de languidez nos endurece hasta hacernos fácil el sufrimiento. ¿No ves que todo pierde la fuerza por la costumbre? Asà también esa misma nieve de la que comes, por decirlo asÃ, ha llegado por el uso, y gracias a la docilidad diaria de vuestros estómagos, a producir el efecto del agua. Buscad ahora otra cosa más helada, porque de nada os sirve ese frÃo familiar.