De la brevedad de la vida
De la brevedad de la vida «¿Por qué vacilas? —dice—, ¿por qué te paras? Si no lo agarras, te huye.» Y aun cuando lo agarres, te huirá; asà pues, contra la fugacidad del tiempo hay que competir con la celeridad en emplearlo, y hay que 3sorberlo como de un torrente rápido y que no va a correr siempre. También va perfectamente a la hora de criticar la interminable vacilación el hecho de que no dice la mejor «época», sino los mejores «dÃas». ¿Por qué, tranquilo y calmoso en medio de tan precipitada fuga del tiempo, te prometes meses y años en larga sucesión, según le parezca a tu avidez? Te está hablando de unos dÃas y precisamente de cómo huyen. ¿Es entonces dudoso que todos los mejores dÃas huyen a 4los hombres mÃseros, esto es, atareados? Sus espÃritus todavÃa infantiles los toma por sorpresa la vejez, a la que llegan desprevenidos y desarmados. Pues no han previsto nada: de repente han caÃdo en ella sin barruntársela, no notaban que se iba acercando cada dÃa. Del mismo 5modo que bien una conversación, bien una lectura, bien una reconcentrada meditación entretienen a los que están de viaje, y antes se enteran de que han llegado que de que se acercaban, asà este viaje de la vida, permanente y aceleradÃsimo, que despiertos o durmiendo hacemos al mismo paso, a los atareados no se les hace evidente más que a su término.