De la brevedad de la vida

De la brevedad de la vida

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3Ciertamente tú llevas las cuentas del orbe de las tierras tan desinteresadamente como ajenas, tan cuidadosamente como tuyas, tan concienzudamente como estatales; te ganas el afecto en un cargo en el que es difícil evitar el odio; pero con todo, créeme, es mejor sacar las cuentas 4de la vida de uno que las del trigo público.[61] Esos bríos de tu espíritu, perfectamente capaces de las mayores empresas, desvíalos de una función honrosa, por supuesto, pero poco adecuada para una vida feliz, y piensa que tú, desde tus primeros años, con todo tu estudio de los saberes liberales no perseguías que te encomendaran confiadamente tantos miles de medidas de trigo: algo más grande y más elevado hacías esperar de ti. No faltarán hombres de una escrupulosa integridad y, además, de una minuciosa dedicación: para llevar peso son mucho más adecuadas las lentas acémilas que los nobles corceles, cuya majestuosa ligereza ¿quién la ha oprimido alguna vez con un pesado fardo? 5Piensa además cuántas preocupaciones te supone ponerte bajo una carga tan abrumadora: tienes que vértelas con el estómago de los hombres; ni se pliega a la razón ni se apacigua con la equidad ni se ablanda con ningún ruego el pueblo cuando tiene hambre. Hace bien poco, en los días en que murió Gayo César (disgustadísimo, si es que a quienes están bajo tierra les queda algún sentimiento, al ver que le sobrevivía el pueblo romano y sobraban víveres para siete u ocho días cuando menos), mientras él tendía puentes de barcos y jugaba con las fuerzas del imperio, se presentó la que también para quienes están sitiados es la última de las calamidades, la escasez de alimentos. Por poco no desembocó en muerte y hambre y lo que sigue al hambre, la destrucción de todas las cosas, esa emulación de un rey demente y extranjero y 6vanidoso para su desdicha.[62] ¿Qué actitud adoptaron entonces aquellos a quienes estaba encomendada la administración del trigo público, a punto de exponerse a las pedradas, al hierro, al fuego, a Gayo?[63] Con mucho disimulo ocultaban tan gran desgracia escondiéndola en sus corazones, con razón, por supuesto; pues algunos trastornos hay que curarlos sin que se den cuenta los enfermos: para mucha gente la causa de su muerte ha sido enterarse de su enfermedad.


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