Tratados morales
Tratados morales Podemos quejarnos muchas veces de los hados, pero no los podemos mudar, porque son duros e inexorables. Nadie los mueve ni con oprobios, ni con lágrimas, ni con razones. A ninguno perdonan, ni remiten cosa alguna. Dejemos, pues, las lágrimas que no aprovechan, y el dolor con más facilidad nos llevará adonde está el difunto, que volverle a que le gocemos. Si el dolor atormenta y no alivia, conviene dejarle a los principios, retirando el ánimo de los débiles consuelos y del amargo deseo de llorar. Si la razón no pusiere fin a nuestras lágrimas, cierto es que no se le pondrá la fortuna. Ven acá, pon los ojos en todos los mortales, y verás que en todos ellos hay una larga y continuada materia de llorar: a uno llama al cotidiano trabajo su pobreza; otro teme las riquezas que codició, padeciendo con su mismo deseo; a uno aflige la solicitud, a otro el cuidado y a otro la muchedumbre de los que frecuentan sus zaguanes. Éste se queja de que está cargado de hijos, aquél de que se han muerto. Acabaránse las lágrimas antes que las causas del dolor. ¿No ves la vida que nos ha prometido la naturaleza? Pues ella quiso que el primer agüero fuese el llanto. Con este principio venimos al mundo, y en él consiste el orden de los años venideros, y en esta forma pasamos nuestra vida. Por lo cual conviene que lo que se ha de hacer muchas veces se haga con moderación y atendiendo a que son muchas las cosas tristes que nos vienen siguiendo; y si no pudiéremos poner fin a las lágrimas, debemos por lo menos reservar algunas. En ninguna cosa se debe tener mayor moderación que en ésta, de que tan frecuente es el uso. Tampoco dejará de ayudarte mucho el entender que a ninguno es menos grato tu dolor que al mismo a quien juzgas le das. Él no quiere que te atormentes, o no entiende que te atormentas. Según esto, no hay razón alguna para esta demostración. «Porque si aquel por quien se hace no la siente, es superflua; y si la siente, le es penosa.»