Azabache

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Así, llegó el triste momento de la despedida. El lacayo había partido el día anterior con el pesado equipaje; sólo quedaban el amo, la señora y su criada. Por última vez, Bravía y yo arrastramos el carruaje hasta la puerta de la mansión. Los sirvientes sacaron cojines, alfombras y muchas otras cosas; una vez acomodado todo, el amo bajó la escalera llevando en brazos a la señora. Yo me encontraba del lado más cercano a la casa y podía ver cuanto ocurría. La depositó cuidadosamente en el carruaje, rodeado de los sirvientes de la casa, que lloraban.

—De nuevo, adiós —dijo al subir— no olvidaremos a ninguno de ustedes… vamos, John.

Joe subió de un brinco, y al trote lento pasamos por el parque y la aldea, cuyos pobladores se asomaron a sus puertas, para ver por última vez a los viajeros y decir: «¡Que Dios los bendiga!».

Cuando llegamos a la estación ferroviaria, creo que el ama caminó desde él carruaje hasta la sala de espera. La oí decir con esa dulce voz suya:

—Adiós, John… Que Dios te bendiga.

Sentí temblar la rienda, pero John nada contestó; quizás no podía hablar. En cuanto Joe sacó las cosas del carruaje, John le indicó que aguardara junto a los caballos, mientras él salía a la plataforma. ¡Pobre Joe!, se mantuvo bien cerca de nuestras cabezas para esconder sus lágrimas.


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