Azabache

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Dicho esto, subió como pudo a la montura, y gritándome «¡Arre!» y apretándome los costados con ambas piernas, inició su viaje, con un pequeño rodeo para evitar la zanja. Al principio se mostró inquieto por no tener látigo, pero mi velocidad no tardó en tranquilizarlo, ya que descubrió que lo mejor que podía hacer era aferrarse a la montura y sujetarse bien. Yo lo sacudí lo menos que pude, aunque una o dos veces, sobre terreno desparejo, me gritó: «¡Quieto! ¡So! ¡Quieto!». En el camino anduvimos bien; y en casa del doctor y en la mansión cumplió su misión como hombre bueno y fiel. Cuando lo invitaron a beber algo, exclamó:

—¡No, no!, volveré al lado de ellos por un atajo del campo, y así llegaré antes que el carruaje.

Al conocerse la noticia, hubo muchas corridas y alboroto. A mí me condujeron a mi pesebre, me quitaron la montura y la brida y me echaron encima una manta. Ensillaron a Bravía, enviaron a toda prisa en busca de Lord George, y poco después oí que el carruaje abandonaba el patio.

Pareció transcurrir largo rato antes de que regresara Bravía y nos dejaran solos; entonces ella me contó cuanto había visto.


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