Azabache
Azabache Su conversación me permitió enterarme de que mi joven ama se encontraba ya fuera de peligro, y pronto podría montar de nuevo. Éstas eran buenas noticias para mí, y preví una vida feliz.
Ahora debo decir algo sobre Reuben Smith, quien quedó a cargo de los establos cuando York se fue a Londres. Nadie conocía mejor su oficio que él, y cuando se encontraba bien, no existía nadie más fiel ni valioso. Manejaba caballos con suma suavidad e inteligencia, y era capaz de curarlos casi tan bien como un veterinario, ya que había vivido dos años con uno de ellos. Era un conductor de primera, capaz de conducir un coche de cuatro caballos o un tándem con tanta facilidad como una yunta.
Era bien plantado, educado y de modales muy agradables. Todos parecían estimarlo, en especial los caballos. Lo único extraño era que se encontrara en situación inferior, y no en el puesto de un jefe de cocheros, como York; pero es que tenía un gran defecto: le gustaba la bebida. No era como algunos, que beben sin cesar; a veces se mantenía sobrio durante semanas o meses, pero después cedía y sufría un «ataque» como decía York. Entonces se cubría de ignominia, aterrorizaba a su mujer y fastidiaba a todos los relacionados con él. Sin embargo, tan útil era que en dos o tres ocasiones York había silenciado el asunto, evitando que se enterara el conde.