Azabache

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Lord George era joven y no escuchaba consejos. Aunque mal jinete, iba de caza cada vez que podía, sin cuidarse para nada de su caballo. Poco después de mi partida del establo tuvo lugar una carrera de obstáculos, en la cual decidió participar. Pese a que el mozo le dijo que la yegua estaba un poco resentida, y no debía participar en carreras, no le hizo caso, y el día de la carrera aguijoneó a Bravía para que alcanzara a los jinetes más adelantados. Ella, animosa como siempre, se esforzó cuanto pudo y llegó entre los tres primeros, pero sin aliento. Para colmo, él era demasiado pesado para ella, cuyo lomo quedó resentido.

—Henos aquí, pues —concluyó Bravía— estropeados en lo mejor de nuestra juventud y vigor… tú por un borrachín, yo por un tonto. Es muy duro.

Un día vimos llegar al prado al conde, acompañado por York. Al ver quiénes eran, nos quedamos quietos bajo el tilo, dejando que se acercaran. Nos examinaron minuciosamente, y el conde se mostró muy enojado.

—He aquí trescientas libras esterlinas malgastadas —declaró— pero lo que más me duele es que estos caballos de mi viejo amigo, que creyó que con nosotros hallarían un buen hogar, han quedado estropeados. Dejaremos descansar doce meses a la yegua, a ver sí así se repone, pero al negro habrá que venderlo. Es una lástima grande, pero no puedo tener rodillas como ésas en mis establos.


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