Azabache
Azabache Después están los conductores de rienda suelta, que las echan como al descuido en el lomo, y apoyan la mano sobre las rodillas. Claro está que, si llega a suceder algo imprevisto, esos caballeros no tienen control alguno sobre su cabalgadura. Si el caballo se espanta, sobresalta o tropieza, no pueden evitarlo, ni ayudar al caballo ni a sà mismos hasta que el mal está hecho.
En cuanto a mÃ, por supuesto, no tenÃa objeción alguna, ya que no acostumbraba sobresaltarme ni tropezar, y estaba habituado a depender del jinete sólo para guÃa y aliento. Sin embargo, a uno le gusta sentir un poco la rienda al ir cuesta abajo, y saber que el conductor no está dormido.
Por añadidura, esos conductores suelen ser completamente descuidados, y prestan atención a cualquier cosa antes que a sus caballos. Un dÃa salà en el faetón con uno de ellos, que llevaba detrás una señora y dos niños. Cuando partimos, sacudió las riendas, y, por supuesto, me propinó varios latigazos inútiles, aunque yo ya estaba en marcha. Como habÃan reparado el camino hacÃa poco, abundaban las piedras sueltas. Mi conductor bromeaba y charlaba con la dama y los niños, comentándoles el paisaje a derecha e izquierda, pero sin preocuparse nunca por vigilar al caballo, o conducirlo por las partes más lisas del camino. Fue asà como entró una piedra en una pata.