Azabache
Azabache De haber estado allí el señor Gordon, John o cualquier buen conductor, se habría dado cuenta de que algo andaba mal antes de que yo diera tres pasos. Incluso si hubiera sido de noche, una mano experta habría sentido, por medio de la rienda, que yo no pisaba bien, y se habría bajado para sacarme la piedra. Ese hombre, en cambio, siguió riendo y charlando, mientras a cada paso la piedra se me introducía más entre la herradura y la ranilla del casco. Era una piedra afilada por dentro y redonda por fuera, de la peor clase que puede recoger un caballo, porque le corta la pata al mismo tiempo que lo pone en peligro de tropezar y caer.
No sé si aquel sujeto era un poco ciego, o simplemente muy descuidado; el caso es que me condujo con esa piedra en la pata por espacio de medio kilómetro antes de advertir que algo andaba mal. Yo ya cojeaba tanto por el dolor, que al fin se dio cuenta y gritó:
—Bueno, ¡qué me dicen! ¡Nos han enviado un caballo rengo! ¡Qué vergüenza! Vamos, vamos, no te hagas el lisiado conmigo; hay que seguir viaje de nada sirve hacerse el rengo y el perezoso.
En ese preciso momento pasó montado en una jaca parda, un granjero que se quitó el sombrero al detenerse y dijo: