Azabache
Azabache —Disculpe, señor, pero me parece que a su caballo le pasa algo. Anda como si tuviera una piedra en la herradura… Si me permite, le examinaré las patas; estas piedras sueltas y dispersas son muy peligrosas para los caballos.
—Es un caballo alquilado —explicó el conductor—. No sé qué le pasa, pero es una vergüenza enviar un animal rengo como éste.
El granjero desmontó, se echó la rienda al brazo y me levantó enseguida la pata dolorida.
—Vaya, vaya; aquà está la piedra. ¿Rengo? ¡De ninguna manera!
Al principio intentó extraerla con la mano, pero como ya estaba muy atascada, sacó del bolsillo una herramienta con la cual, con sumo cuidado y cierta dificultad, logró sacarla. Entonces la mostró, diciendo:
—Mire, ésta es la piedra que recogió su caballo. ¡Me extraña que no haya caÃdo, quebrándose además las rodillas!
—Bueno, ¡qué me dice! —exclamó mi conductor—. ¡Qué cosa rara! No sabÃa que los caballos recogieran piedras.