Azabache
Azabache Recuerdo bien un atardecer de primavera, en que Rory y yo habíamos estado ausentes todo el día. Rory era el caballo que con mayor frecuencia me acompañaba cuando alguien pedía una yunta, y era bueno y honesto como el que más. Teníamos nuestro propio conductor, y como éste siempre era considerado y amable con nosotros, lo pasamos muy bien. Cerca del anochecer, regresábamos a casa a paso vivo. Nuestro camino viraba bruscamente a la izquierda, pero como íbamos cerca del seto, de nuestro propio lado, y quedaba sitio de sobra para pasar, nuestro conductor no nos retuvo. Cuando llegábamos a la esquina, oí un caballo y dos ruedas que bajaban rápidamente la cuesta en nuestra dirección. El seto, que era alto, no me permitía ver nada, pero en un instante estuvimos unos encima de otros. Por suerte para mí, me encontraba del lado cercano al seto. En cambio, Rory se encontraba del lado derecho de la vara, sin nada que lo protegiera.
El hombre que conducía lo hacía derecho hacia la esquina, y cuando nos vio no tuvo tiempo para apartarse hacia su propio lado. Rory recibió todo el choque; la vara de la calesa se le hundió en el pecho, haciéndolo trastabillar con un grito que jamás olvidaré. El otro caballo cayó sentado, y una vara se quebró. Resultó ser de nuestros propios establos, con la calesa ruedas altas tan apreciada por los jóvenes.