Azabache
Azabache Jerry era tan buen conductor como el que más, y para mejor, pensaba tanto en sus caballos como en sà mismo. Pronto descubrió que estaba dispuesto a trabajar y esforzarme cuanto podÃa; jamás utilizaba el látigo conmigo, salvo para pasarme la punta suavemente por el lomo cuando deseaba que me pusiera en marcha. Generalmente yo me daba cuenta de esto enseguida, por su manera de tomar las riendas; me parece que llevaba el látigo más al costado que en la mano.
En poco tiempo, mi amo y yo nos entendÃamos tan bien como es posible para un caballo y un hombre. También en el establo hacÃa cuanto podÃa para que yo estuviera cómodo. Los pesebres eran de estilo antiguo, demasiado en declive, pero él hizo instalar dos barrotes movibles al fondo, de modo que de noche, cuando descansábamos, nos quitaba los cabestros y levantaba los barrotes. De esta manera podÃamos movernos y pararnos donde querÃamos, lo cual es un gran alivio.
Jerry nos mantenÃa bien limpios, nos daba comida lo más variada posible, y siempre abundante. No sólo eso, sino que siempre nos proporcionaba bastante agua fresca y limpia, que dejaba a nuestro alcance noche y dÃa, salvo, por supuesto, cuando llegábamos acalorados.