Azabache
Azabache Poco después llegó un hombre cariancho, ataviado con un gran abrigo gris con grandes esclavinas grises y grandes botones blancos; sombrero gris y una bufanda azul al cuello. Aunque de cabello también gris, era de aspecto jovial, y los demás le abrieron paso. Me examinó como si fuera a comprarme y después, irguiéndose, comentó:
—Es del tipo que te conviene, Jerry; no sé cuánto habrás pagado por él, pero lo vale.
Así quedó establecido mi prestigio en la parada.
Ese hombre se apellidaba Grant, pero lo llamaban «Grant el gris» o «Patrón Grant». Era el más antiguo de todos los que concurrían a aquella parada y se tomaba la tarea de zanjar disputas y resolver problemas.
Mi primera semana de vida como caballo de coche de plaza me resultó muy ardua; como no estaba acostumbrado a Londres, el ruido, el trajín, la multitud de caballos, carretas y carruajes entre los cuales tenía que abrime camino, me causaban ansiedad e inquietud.
Sin embargo, no tardé en comprobar que podía confiar por completo en mi conductor; entonces me tranquilicé y me habitué a la tarea.