Azabache
Azabache »Como de costumbre, una hora antes del amanecer nuestra caballería se había presentado equipada y lista para la tarea del día, ya fuera combatir o esperar. Junto a sus caballos, los soldados aguardaban órdenes. Al aumentar la luz, notamos cierta excitación entre los oficiales, y antes de que el día comenzara del todo oímos disparos de armas enemigas. Poco después, uno de los oficiales se acercó a dar orden a los soldados de que montaran; en un segundo cada uno estuvo sobre su montura, y cada caballo esperaba un toque de rienda o una presión de los talones de su jinete; todos animosos, todos entusiastas. Sin embargo, tan bien preparados estábamos, que salvo mordisquear el freno y agitar la cabeza de vez en cuando, podría decirse que no nos movíamos. Mi querido amo y yo encabezábamos la línea. Mientras todos aguardaban, inmóviles y vigilantes, él me alisó la crin, me palmeó el pescuezo y dijo: «Hoy tendremos una jornada difícil, mi hermoso Bayardo, pero cumpliremos nuestro deber como siempre». Creo que esa mañana me acarició el pescuezo como nunca, en silencio y sin cesar, como si pensara en otra cosa. Aunque me encantaba sentir su mano, permanecí inmóvil, pues conocía todos sus estados de ánimo y sabía cuándo le gustaba que me quedara quieto, y cuándo que demostrara alegría. No puedo contar lo que sucedió ese día, pero relataré nuestra última carga juntos; fue a través de un valle, frente mismo al cañón enemigo. Ya estábamos habituados al tronar de armas pesadas, al retumbar de mosquetes y a los disparos cercanos, pero jamás había estado bajo un fuego tan intenso como ese día. Desde la derecha, desde la izquierda y adelante, nos llovían disparos. Muchos valientes cayeron, muchos caballos rodaron, arrojando al suelo a sus jinetes; muchos caballos sin jinete abandonaron, espantados, las filas, para luego, aterrados al sentirse solos sin una mano que los condujera, ir a apretujarse entre sus antiguos compañeros, para galopar con ellos a la carga. Por espantoso que era aquello, nadie se detuvo, nadie retrocedió. A cada instante disminuían las filas, pero al caer nuestros camaradas, nosotros nos apresurábamos para reunir a los demás. En lugar de vacilar, galopamos cada vez con mayor rapidez a medida que nos aproximábamos al cañón, todo envuelto en humo blanco a través del cual resplandecía rojo fuego. Mi amo, mi querido amo, alentaba a sus camaradas, con el brazo derecho en alto, cuando una de esas balas silbó junto a mi cabeza y lo golpeó. Lo sentí tambalearse por el impacto, aunque sin lanzar un grito. Procuré contenerme, pero él dejó caer la espada, soltó la rienda y, deslizándose por detrás de la montura, cayó por tierra. Los demás jinetes pasaron a nuestro lado como una exhalación, y el ímpetu de su arremetida me alejó del sitio donde él había caído. Yo quería conservar mi sitio a su lado, no abandonarlo bajo las patas de los caballos, pero fue en vano. Entonces, sin amo mi amigo, quedé solo en aquel gran campo de matanza. Me dominó el miedo y temblé como nunca había temblado. También yo, como había visto hacer a otros caballos, intenté unirme a las filas y galopar junto a los demás, pero las espadas de los soldados me alejaron. En ese preciso instante, un soldado que acababa de perder su caballo me sujetó por la brida y me montó, y con este nuevo amo avancé otra vez. Pero nuestra brava compañía fue cruelmente derrotada, y los que quedaban vivos tras la fiera batalla por los cañones regresaron galopando por el mismo terreno. Algunos caballos estaban tan malheridos, que la pérdida de sangre apenas les permitía moverse; otros nobles animales procuraban arrastrarse en tres patas, mientras otros se esforzaban por levantarse sobre sus patas traseras, ya que las descargas les habían destrozado las delanteras. Jamás olvidaré sus gemidos lastimeros, ni las miradas implorantes que lanzaban a los que, al escapar, pasaban a su lado abandonándolos a su sino. Después de la batalla recogieron a los hombres heridos y enterraron a los muertos.