Azabache
Azabache —Pues no lo sé… —fue su respuesta—. Siempre nos agradaba oÃr sonar el clarÃn; nos impacientábamos por partir, aunque a veces debÃamos esperar horas enteras a la orden de ataque. Pero cuando nos la daban, solÃamos saltar adelante con tanta alegrÃa y entusiasmo como sino hubiera cañones, bayonetas ni balas. Creo que mientras sintiéramos al jinete firme en la montura, y su mano en la rienda, ninguno de nosotros cedÃa al miedo, ni siquiera cuando las terribles bombas volaban por el aire y estallaban en mil pedazos. Junto a mi noble amo, participé en muchas acciones sin recibir una sola herida, y aunque vi caballos baleados, otros atravesados por lanzas o tajados por sables, aunque los dejé muertos o agonizantes en el campo de batalla, no creo haber temido por mà mismo. La alegre voz de mi amo, que alentaba a sus soldados, me hacÃa sentir como si no pudieran matarnos, ni a él ni a mÃ. Confiaba de tal modo en él, que mientras me condujera estaba dispuesto a arremeter hasta la misma boca del cañón. Vi morir a muchos valientes, y a otros caer de sus monturas mortalmente heridos. Oà los gritos y gemidos de los moribundos, galopé por terreno que la sangre hacÃa resbaloso, y con frecuencia tuve que apartarme para no pisotear un hombre o un caballo herido. Sin embargo, hasta un dÃa espantoso, jamás experimenté terror. Ese dÃa no lo olvidaré jamás —continuó Capitán, después de tomar aliento—. Fue una mañana de otoño.