Azabache
Azabache —Esa parte fue espantosa —declaró—. Por supuesto, no podÃamos caminar de la tierra al barco, de modo que tuvieron que pasarnos fuertes correas por debajo del cuerpo, levantarnos asà pese a nuestros forcejeos, y trasladarnos por aire, por encima del agua, hasta la cubierta del navÃo. Allà nos colocaron en pequeñas casillas cerradas, desde donde por largo tiempo no pudimos ver el cielo ni estirar las patas. A veces, cuando soplaban vientos fuertes, el barco se bamboleaba, y nosotros nos golpeábamos y enfermábamos. Sin embargo, por fin acabó el viaje, y volvieron a izarnos y trasladarnos a tierra. Cuando de nuevo sentimos tierra firme bajo las patas, resoplamos y relinchamos de alegrÃa. Pero no tardamos en comprobar que el paÃs adonde acabábamos de llegar era muy diferente del nuestro, y que deberÃamos soportar muchas penurias además del combate. Claro que muchos soldados nos tenÃan tanto cariño, que se esforzaban por ponernos cómodos, pese a la nieve, la humedad y el hecho de que todo estaba en desorden.
—Pero ¿y el combate? —inquir×. ¿No era peor que todo lo demás?