Azabache

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La primera casilla era grande y cuadrada, cerrada por detrás con una portezuela de madera; las demás eran comunes, buenas, pero no tan espaciosas, ni mucho menos. La mía estaba provista de una ringlera baja para el heno, y un pesebre bajo para maíz; se la llamaba casilla «libre» porque al caballo alojado en ella no se lo ataba, sino que quedaba libre para hacer lo que quisiera. Tener casilla «libre» es una gran cosa.

A ese hermoso recinto, limpio, suave y aireado, me condujo el lacayo. Yo no conocía sitio mejor que aquél, cuyos costados no eran tan altos que no me permitieran ver, por entre los rieles de hierro de encima, todo lo que pasaba.

Ese hombre me ofreció una avena muy sabrosa, me palmeó, me habló bondadosamente y se marchó.

Una vez que comí maíz, miré a mi alrededor. La casilla contigua estaba ocupada por un pony pequeño, obeso y gris, de cola y crin espesas, cabeza muy linda y hermoso hocico.

Pasé la cabeza por entre las rejas de hierro, para decirle:

—¿Cómo te va? ¿Cómo te llamas?

Volviéndose hasta donde se lo permitía su freno, alzó la cabeza y contestó:


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